Criminales
Bernard Madoff, el estafador gringo de cincuenta billones de dólares, y cierto ladrón de ovejas en Achacachi tienen exactamente el mismo objetivo: el éxito económico inmediato sin el sudor de cada día. Y comparten el mismo placer: su orgasmo es causado por la derrota del rival propietario, no por la victoria de su astucia. Pero los separa la necesidad: el estafador es un millonario, el ladrón de ovejas es un sobreviviente. En otras palabras: las víctimas del estafador son millones, las del ladrón no llegan a la decena. Y ésta no es sólo una diferencia cuantitativa.
Existe un tercer criminal, el asesino, que descarga toda la basura de sus traumas en una víctima individual. Suele ser la sangre de sus víctimas la que convoca las miradas mediáticas, pero esconde el dolor de los anónimos desovejados y hace de la estafa un espectáculo de suicidas también anónimos burlados por los intereses corporativos. Es una inmensa paradoja que sólo el delirio con los cuerpos desencajados se haya convertido en el monopolio de la desgracia. Que las otras víctimas sean opacadas por el espectáculo de la sangre. Y se pierdan los concretos hambreados por el desempleo, los materiales miserables de los rincones rurales, los futuros desiguales porque nuestra pésima educación los destina a la sobrevivencia de un pan diario.
No hay que olvidar a los grandes criminales. A los Estados sobre todo militares que han convertido en su vocación la intervención guerrera sobre la voluntad de autodeterminación de otros Estados difícilmente republicanos. Porque son los Estados militares quienes causan más víctimas en el nombre de la libertad. Aunque los otros criminales tengan más sometidos por su avaricia, éstos tienen más muertos por su gula.
Hoy, en América Latina, no hay que olvidar tampoco a los pequeños criminales políticos, es más, hay que insistir en denunciarlos, en aislarlos, en combatirlos. A los golpistas hondureños, por ejemplo. O a aquellos otros, tantos y tan diversos que se escudan en el populismo de izquierda, que abusan del poder. Y se deleitan con sus migajas autoritarias.
Finalmente, no puedo dejar de mencionar a los criminales fundamentales. A los que atentan contra todos los derechos humanos. Son particularmente estatales, claro. Suelen ser políticos poderosos y corporaciones enormes. Pero también son anónimos viandantes que conviven en el mismo barrio, en el mismo pueblo. Inclusive, a momentos de impotencia, a raptos de ira, a gestos de angurria, nos invaden a todos en la misma noche de la basura. Quizá por eso aquellos que durante centurias los combatieron –ecologistas, feministas, socialistas- hoy deambulan desorientados. Porque es cada vez más complejo reconocer a esos criminales con claridad. Porque es cada vez más difícil asumirlos cuando nos habitan.
Quizás los criminales sean la forma en que una sociedad expurga sus propios pecados capitales. Quien roba, asesina, interviene, abusa, es un perfecto adaptado social. Adaptado a los valores básicos de nuestras sociedades contemporáneas, sustentadas por la avaricia, la gula, la soberbia, y la desesperación por el éxito individual a costa del hermano, el vecino, el comunario, el compatriota. Los criminales comunes son nuestro espejo en la entraña. Los criminales estatales son nuestra vergüenza compartida. Los criminales políticos, en cambio, son la prueba de nuestra más espesa cobardía. Habrá que combatirlos a todos. Porque si no combatimos la barbarie que asola nuestra vida diaria nos queda, apenas, la certeza de que somos las víctimas mudas de nuestra propia estupidez.
~ por Los Oficios en 11 Julio 2009.
Escrito en El Oficio Cultural, El Oficio Político
Etiquetas: América Latina, autoritarismo, barbarie, criminales

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